Amanece el tercer día,
un rayo de luz se cuela por la persiana y reaviva,
como el minúsculo foco de un minúsculo teatro,
el grandioso espectáculo de tu espalda dormida.
Aplaudo extasiada, muerta de placer,
y a pesar de que con cuatro palabras
me desvelaste el final de la representación,
juraría que en cierta forma me amas
Despierta la piel transparente de tus sienes,
tus labios hinchados de besos,
el ambarino resplandor de tus ojos disolutos,
tus ganas de tocarme de nuevo
¡Qué lástima haber alcanzado tu cumbre!
cuando la mía aún no se vislumbra
por la tuya comenzamos el descenso
mejor sencillo, ¿no?
Monday, July 09, 2007
Monday, February 12, 2007
Asusta tenerte dentro
Me asusta este sinsentido,
cuando frente al espejo
mi piel no roza más que mi propia piel reflejada,
Y necesito cruzar,
Y no quiero ver la luz por no despertarte
Me asusta tenerte dentro,
cuando en algún rincón acurrucado
te despierta mi deseo,
Y me sonrojo,
Y me pregunto si te sonrojas
Me asusta tenerte dentro cuando siento que te meces con mi respiración,
cuando el resonar de mi voz es el sonido de tu universo,
Y yo tu Dios
Y tú
mi converso
cuando frente al espejo
mi piel no roza más que mi propia piel reflejada,
Y necesito cruzar,
Y no quiero ver la luz por no despertarte
Me asusta tenerte dentro,
cuando en algún rincón acurrucado
te despierta mi deseo,
Y me sonrojo,
Y me pregunto si te sonrojas
Me asusta tenerte dentro cuando siento que te meces con mi respiración,
cuando el resonar de mi voz es el sonido de tu universo,
Y yo tu Dios
Y tú
mi converso
Sunday, February 04, 2007
Wednesday, January 17, 2007
Cautiva
Cualquier día de estos,
cuando no me mires a los ojos,
me sacaré tu mundo como una astilla
y me vaciaré de ti hasta apenas perder la vida
Me desangraré en mil mares,
seré pirata para saquearme de nuevo,
para recuperar a la princesa
Y si no me miras,
y si tus ojos no me quiebran,
mi nave cruzará la frontera más allá de tus pupilas,
agonizando, sentiré tus latidos cada vez más lejanos
Si tienes honor me darás muerte de pirata,
dejarás que me venza la tormenta,
que me escupa desnuda y sola sobre la arena de la playa
vacía de ti,
llena de agua salada
Será cualquier día de estos,
si no me miras a los ojos
cuando no me mires a los ojos,
me sacaré tu mundo como una astilla
y me vaciaré de ti hasta apenas perder la vida
Me desangraré en mil mares,
seré pirata para saquearme de nuevo,
para recuperar a la princesa
Y si no me miras,
y si tus ojos no me quiebran,
mi nave cruzará la frontera más allá de tus pupilas,
agonizando, sentiré tus latidos cada vez más lejanos
Si tienes honor me darás muerte de pirata,
dejarás que me venza la tormenta,
que me escupa desnuda y sola sobre la arena de la playa
vacía de ti,
llena de agua salada
Será cualquier día de estos,
si no me miras a los ojos
Sunday, December 24, 2006
Me basta así
Un poema de alguien a quien admiro porque tiene barba. Yo siempre pensé que los señores con barba no escribian estas cosas.
Me basta así
Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).
Ángel González
Me basta así
Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).
Ángel González
Thursday, December 07, 2006
No hay mal que cien años dure
Fue de un día para otro, el 15 de Enero para ser exactos, la noche anterior me acosté a eso de las doce como de costumbre y cuando abrí los ojos por la mañana ya se me había hecho la vista gorda.
El hecho se agrava si tenemos en cuenta que mi vista fue siempre más bien delgada, dado que en mi familia, las mujeres somos de constitución pequeña; tobillos y muñecas finos, cuello de cisne y cintura de avispa.
En el mismo momento en que eché la vista encima a aquel atractivo oftalmólogo, me lo confirmó. "Es suficiente señora, ya puede usted quitarme la vista de encima, la suya tiene cuatro veces el peso de una vista normal". Con mi sueldo no puedo pagarme una operación por lo privado y la seguridad social no se hace cargo de algo que según el oftalmólogo, no es más que un problema estético que no merma mi calidad de vida.
Pasan los días y según hablo con más especialistas, se confirma la idea de que soy yo la que está haciendo la vista gorda pero no acierto a saber el motivo, he preguntado a todos mis familiares vivos y ninguno recuerda un antecedente parecido en la familia.
En estos momentos la vista apenas me cabe en el ojo, tengo vista derramándose por el lagrimal y se me desliza por entre las pestañas de abajo y el rabillo del ojo está desbordado.Tenían que haberla conocido antes, cuando era vista de lince, de águila, cuando la bajaba, la clavaba y conocía de vista. Cuando la perdía y me saltaba. Ahora apenas la reconozco allí postrada dejándose engordar. Me cuesta horrores apartarla y añoro como no se imaginan, esos momentos en que echaba la vista atrás.
A la desesperada, sentada frente al ordenador, probé fortuna poniendo "vista gorda " en google. Tras visitar muchas páginas que nada tenían que ver con mi problema, encontré una que anunciaba tímidamente "residencia de damnificados por las frases hechas". No me lo pensé dos veces y al día siguiente estaba frente a la puerta de una casa de campo, entre Pinto y Valdemoro donde un letrero colocado en la parte alta de unos portones de forja rezaba "Mal de muchos, consuelo de tontos".
Les confieso que me costó adaptarme, "el hombre que comía con los ojos" me ayudó bastante en el proceso de aceptación. Nos hicimos amigos enseguida. Él era todo paciencia ante las miles de preguntas que le formulaba al cabo del día y yo a cambio, le asistía durante las comidas y le pelaba las gambas cuidando no dejar nada del caparazón para que no le dañara la retina.
Gracias a él conocí a personas que me mostraron el mundo maravilloso que hay más allá de la lógica. "La mujer que andaba de cabeza" era un ejemplo para todos por su coraje. Había perdido todo el pelo en la parte de la coronilla y había veces que decía cosas realmente absurdas pero supongo que sería por los golpes al subir y bajar las escaleras.
Otro gran amigo fue el "hombre que bebía los vientos por su vecina del quinto". Era el primero en coger su copa de Borgoña y animarnos a todos a pasear por los alrededores. Se encaramaba al muro que separaba la residencia de los pastos para ganado con su copa en la mano, y se pasaba las horas echando tragos de vientos. Su favorito era el viento del norte, que corría muy fresquito y se agradecía en las cálidas noches de verano.
Todo cambió cuando debido a mi carácter sosegado y buena disposición, me convertí en el ojito derecho del propietario de la residencia, un anciano tuerto del ojo izquierdo por una herida de guerra. La vida como ojito derecho no me satisfacía en absoluto pues el anciano tenía la vista cansada y me pasaba los días dormitando. Como por lo visto la desgracias nunca vienen solas, llegó la Navidad y el buen señor obsequió a su mujer con un carísimo abrigo de visón que le costó un ojo de la cara, el resto ya se lo pueden imaginar ustedes.
El hecho se agrava si tenemos en cuenta que mi vista fue siempre más bien delgada, dado que en mi familia, las mujeres somos de constitución pequeña; tobillos y muñecas finos, cuello de cisne y cintura de avispa.
En el mismo momento en que eché la vista encima a aquel atractivo oftalmólogo, me lo confirmó. "Es suficiente señora, ya puede usted quitarme la vista de encima, la suya tiene cuatro veces el peso de una vista normal". Con mi sueldo no puedo pagarme una operación por lo privado y la seguridad social no se hace cargo de algo que según el oftalmólogo, no es más que un problema estético que no merma mi calidad de vida.
Pasan los días y según hablo con más especialistas, se confirma la idea de que soy yo la que está haciendo la vista gorda pero no acierto a saber el motivo, he preguntado a todos mis familiares vivos y ninguno recuerda un antecedente parecido en la familia.
En estos momentos la vista apenas me cabe en el ojo, tengo vista derramándose por el lagrimal y se me desliza por entre las pestañas de abajo y el rabillo del ojo está desbordado.Tenían que haberla conocido antes, cuando era vista de lince, de águila, cuando la bajaba, la clavaba y conocía de vista. Cuando la perdía y me saltaba. Ahora apenas la reconozco allí postrada dejándose engordar. Me cuesta horrores apartarla y añoro como no se imaginan, esos momentos en que echaba la vista atrás.
A la desesperada, sentada frente al ordenador, probé fortuna poniendo "vista gorda " en google. Tras visitar muchas páginas que nada tenían que ver con mi problema, encontré una que anunciaba tímidamente "residencia de damnificados por las frases hechas". No me lo pensé dos veces y al día siguiente estaba frente a la puerta de una casa de campo, entre Pinto y Valdemoro donde un letrero colocado en la parte alta de unos portones de forja rezaba "Mal de muchos, consuelo de tontos".
Les confieso que me costó adaptarme, "el hombre que comía con los ojos" me ayudó bastante en el proceso de aceptación. Nos hicimos amigos enseguida. Él era todo paciencia ante las miles de preguntas que le formulaba al cabo del día y yo a cambio, le asistía durante las comidas y le pelaba las gambas cuidando no dejar nada del caparazón para que no le dañara la retina.
Gracias a él conocí a personas que me mostraron el mundo maravilloso que hay más allá de la lógica. "La mujer que andaba de cabeza" era un ejemplo para todos por su coraje. Había perdido todo el pelo en la parte de la coronilla y había veces que decía cosas realmente absurdas pero supongo que sería por los golpes al subir y bajar las escaleras.
Otro gran amigo fue el "hombre que bebía los vientos por su vecina del quinto". Era el primero en coger su copa de Borgoña y animarnos a todos a pasear por los alrededores. Se encaramaba al muro que separaba la residencia de los pastos para ganado con su copa en la mano, y se pasaba las horas echando tragos de vientos. Su favorito era el viento del norte, que corría muy fresquito y se agradecía en las cálidas noches de verano.
Todo cambió cuando debido a mi carácter sosegado y buena disposición, me convertí en el ojito derecho del propietario de la residencia, un anciano tuerto del ojo izquierdo por una herida de guerra. La vida como ojito derecho no me satisfacía en absoluto pues el anciano tenía la vista cansada y me pasaba los días dormitando. Como por lo visto la desgracias nunca vienen solas, llegó la Navidad y el buen señor obsequió a su mujer con un carísimo abrigo de visón que le costó un ojo de la cara, el resto ya se lo pueden imaginar ustedes.
Friday, April 28, 2006
Y si rozas con el dedo mi pared recién pintada
Y si mi dedo, cuando tú no estés, traza el mismo recorrido
Y si piel toca tu huella
¿Será entonces que me acaricias?
Una mujer muy limpia
Una mujer muy limpia
Yo vivo en el cubo de la fregona de Mercedes.
Y es que cuando me recomendaron a Mercedes, ya me dijeron que era más limpia que el honor.
Y es que cuando me recomendaron a Mercedes, ya me dijeron que era más limpia que el honor.
Yo antes vivía en mi piso del Paseo del Prado, frente a la estación de Atocha y junto al Hotel Mediodía. Es un piso pequeño de unos sesenta metros cuadrados con dos habitaciones.
Mercedes venía a limpiar los martes y los jueves mientras yo estaba trabajando, ahora ya no trabajo porque mi vida en el cubo, apenas me deja tiempo para algo que no sea reconstruir y ordenar.
Mercedes venía a limpiar los martes y los jueves mientras yo estaba trabajando, ahora ya no trabajo porque mi vida en el cubo, apenas me deja tiempo para algo que no sea reconstruir y ordenar.
Todo comenzó con la ligera sensación de que me faltaba algo, sentimiento que se agudizaba los miércoles y los viernes. Si me acurrucaba en el sofá del salón como hacía cada noche, ya no sentía el olor a canela del perfume que para ir de visita, se ponía mi padre, ni el color del maquillaje de mis amigas, tampoco el amargor de la mancha de tinta de cuando Eduardo me pidió que me casará con él, y yo clavé el bolígrafo en el cojín porque no sabía cómo decirle que no.
La impresión de soledad se agudizó con el paso de las semanas, de mis sábanas se habían esfumado las muchas noches de sexo y casi todas las de amor (alguna quedaba porque dicen que el amor es más duradero), los muebles de la cocina no anunciaban comida congelada ni platos sin fregar, en el suelo del baño ya no había carreras de retoques de última hora, y el espejo sólo reflejaba mi imagen.
Mercedes me limpiaba la casa y la vida, y yo no tenía tiempo de repoblar los páramos de existencia que me dejaba su bayeta.
Un martes decidí quedarme en casa y salvar algunas de las manchas de existir que aún quedaban en mi desolado piso. Cuando desperté, volví a sentir el vacío de una noche sin sueños fruto de una supervivencia aséptica, y fui al encuentro de la borradora de lamparones con biografía, que había contratado para mejorar mi calidad de vida.
Mercedes estaba escurriendo la bayeta de haber limpiado las sillas de la terraza, y la cena romántica de principios de agosto con el instructor de tenis, chorreaba entre sus dedos, y caía gotita a gotita en el cubo donde nadaba mi realidad enjabonada. Ahora se dirigía sin piedad hacia la mesita de teka.
Eso no, la mesita de teka no, la mesita de teka es el recuerdo más preciado que tengo, las caricias más sinceras, las huellas de la pluma haciendo las palabras más hermosas que le he escrito a nadie. Demasiado tarde, al cubo con mi gran amor.
No puedo estar triste porque no tengo recuerdos tristes, pero tampoco los tengo alegres ni nostálgicos, ni ardientes, ni indiferentes, ni atormentados ni magullados.
No puedo estar triste porque no tengo recuerdos tristes, pero tampoco los tengo alegres ni nostálgicos, ni ardientes, ni indiferentes, ni atormentados ni magullados.
Mi vida en el cubo de fregar suena al mar cuando lo atrapan las rocas, desde el escurridor de la fregona donde me he encaramado se ve apacible, se balancea alegre y hasta hace olitas. Me alzo sobre las puntas de los pies y adopto la postura de saltadora aficionada, uno, dos tres, siempre me pasa lo mismo, doblo las piernas hacia atrás en el salto y me hago daño en la espalda. Al menos no está fría, odio el agua fría.
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